31 agosto 2020

Desenredando a medio Escambray


El joven delegado de Pico Blanco intercambia criterios con la Presidenta del Consejo de Defensa Provincial sobre cuestiones de la comunidad. Foto: Arelys María Echevarría/ACN.


Jamás se imaginó que el amor por su esposa le iba a clavar en el mismísimo corazón otro querer llamado Pico Blanco, un bellísimo paraje entre lomas desde donde se divisa un paisaje exuberante y apaciguador, incluida una cascada que cae a más de 70 metros, una joya de la naturaleza.


Sus amores se han enraizado a más de 400 metros sobre el nivel del mar, en esa comarca libre, prácticamente, de la contaminación. Conoció a su esposa en la cabecera municipal y luego se fue con ella a vivir para las lomas. Llegó hace diez años con los sueños y expectativas que suelen acompañar al descubridor de nuevos horizontes.

En esa geografía de ensueño, el joven Julio Valladares Benítez goza de prestigio, avalado por su elección como delegado del Poder Popular en esta zona, donde resulta infértil aquel refrán de: pueblo chiquito infierno grande, porque las cerca de 200 almas que conforman la comunidad entre niños, rostros lozanos y curtidos, llevan una vida apacible. El café resulta el medio principal de sustento.

Pico Blanco cuenta con un hospital, una escuela primaria con matrícula de nueve alumnos (que reiniciará el curso escolar este 1ro. de septiembre), panadería y círculo social, entre otras instalaciones destinadas a asegurar los servicios a la población.

En estos días el joven Valladares Benítez anda afanado en contribuir para resolver las interrupciones eléctricas, principal problema que les dejó la tormenta tropical Laura, pues no hubo que lamentar otros daños de importancia. Eso sí, se aplicaron medidas para proteger a las personas que vivían cerca del río, y refugiaron en casas más seguras a quienes fue necesario.

Cuando le pregunté sobre las quejas más perentorias de los pobladores soltó rápido: «El estado de la vía de Jibacoa hasta aquí que, a veces, nos deja incomunicados y, bueno, ahora la falta de electricidad. Pero también están conscientes que restablecerla no es cuestión de coser y cantar».


Foto: Arelys María Echevarría/ACN.

Un gran cuidado 

Así exclama Jorge Sierra Díaz, afianzado en la tremenda sabiduría de llevar 35 años de liniero, mientras arregla un tramo del sistema eléctrico en Jibacoa, en el corazón del Escambray villaclareño, capital del Plan Turquino.

Sin dar el mínimo tiempo para esgrimir el por qué se desboca: «Difícil, muy difícil, pues hay que trabajar dentro de una espesa vegetación por las que atraviesan las líneas. Imagínate, ¡compay!

«Esto implica que debemos tener un gran cuidado y por eso lleva mucho más tiempo para hacerlo que en una ciudad o carretera. Para el liniero lo más difícil resulta empatar el cable a la cruceta y darle tensión, tarea que deben hacer,
como mínimo, dos personas…».

Para despejar

El daño mayor que ocasionó Laura en el municipio de Manicaragua, como en el resto de la provincia, estuvo en el sistema energético, que llegó a afectar a miles de clientes. Hasta este miércoles solo quedan perjudicados 1 541, poco más de 800 en el Plan Turquino.

En comunidades como Arroyo Blanco, Bermejo, Pretiles, La Herradura, Manantiales y Jibacoa, asentadas en zonas intrincadas, viven alrededor de 5 000 personas. De ese sistema se cayeron ocho secciones de líneas eléctricas, que equivalen a 800 metros de tendidos en el suelo, según reveló Bárbaro Bermúdez, director de la Empresa Eléctrica en Villa Clara.

Esto da una idea de la ardua tarea, porque esas líneas están dentro del lomerío. En el restablecimiento han laborado brigadas de Manicaragua, reforzadas por otras de Santa Clara, precisó Bermúdez.

Para agilizar el bregar de los linieros, varios grupos de trabajadores también han ayudado a despejar las líneas del enredo con las ramas y pequeños árboles, y a colocar postes en las laderas de las elevaciones.

Lágrimas en el camino

En sucesivas paradas en el trayecto hacia el corazón del Escambray, para apreciar bien de cerca el daño, decir lo que se hace y dar ánimo, Yudí Rodríguez Hernández, presidenta del Consejo de Defensa Provincial (CDP), dialogó con trabajadores de la empresa eléctrica y de escuelas, y pobladores.

En el seminternado Mártires de Chile, de Jibacoa, niños que llegaron acompañados por sus padres lloraron al apreciar destruida la cubierta de su escuela, y ver sus libros y otros materiales de estudio secándose al sol.

«Me impactó mucho esa escena —dice el joven Daniel López Palacios, profesor del centro—. Aun cuando uno imagina lo que pudo suceder, esto te impacta. Pero aquí estamos, fajados para arrancar el curso». En ese territorio se afectaron otras dos escuelas y unas 40 viviendas, principalmente con la destrucción de los techos. Sobre el particular, la Presidenta del CDP ejemplificó sobre lo importante que resultaba asegurar las cubiertas de las instalaciones, e indagó con los habitantes de las comunidades sobre sus preocupaciones.

Luego de escucharlos les explicó cómo se encaminarían las soluciones y, en problemas muy puntuales, indicó que se les atendería cuidadosamente. La gente se despedía satisfecha, sabiendo que no hay una varita mágica y quizá tampoco le iban a resolver el dilema de inmediato, pero sabían que su voz se escuchó en espacio fértil.

La tarde languidecía mientras el camión serrano bajaba hacia Jibacoa, trayecto de poco más de ocho kilómetros que se siente como un recorrido de cien por el obligado paso de jicotea y el bamboleo arriba de la cama del vehículo.

Para abreviar las tensiones de la bajada y apartar la vista de los abismos laterales del rudo camino, repasé en la memoria las últimas palabras del líder comunitario de Pico Blanco: «Solo me iría de aquí si esto desaparece. Me siento muy feliz. Acá descubrí y asumí otro amor como ese que uno siente por el terruño donde nace… Además, creo que me he cogido bien a pecho esto de ser delegado del Poder Popular».





Nelson García Santos, Juventud Rebelde

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