05 febrero 2021

MANICARAGUA.Los temores de Katia

Pese a los dos ingresos hospitalarios, ningún temor fue mayor que la posibilidad de haber contagiado a su madre y a su hija.


Veinte de noviembre de 2020. Solo de pensar en la fecha, los ojos verdes de Katia García Gómez se tornan grises. Aquel viernes aparentemente común en la oficina comercial de Etecsa de Manicaragua, le vendió una línea telefónica a un cliente recién llegado del exterior, y recibió como propina una de las mayores angustias de su vida.

Con la autoridad de una sobreviviente, Katia García Gómez no duda en contar su historia a quienes le preguntan, y recomienda el cumplimiento de todas las medidas higiénicas posibles. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

«Esta persona salió positiva al nuevo coronavirus el día 25 y no había cumplido el aislamiento en casa. Inmediatamente les dije a las autoridades de Higiene que fui yo quien lo había atendido. En aquel momento, mi niña de 15 años tenía catarro y fuimos llevadas las dos al Hospital Militar de Santa Clara, donde recibimos tratamientos con azitromicina y antirretrovirales durante cuatro días».

Luego del resultado negativo del PCR, madre e hija volvieron a Manicaragua, agradecidas de las atenciones médicas y convencidas de que la COVID-19 solo las había rozado. Sin embargo, el diagnóstico positivo de una niña con quien compartieron el taxi en el viaje de regreso trajo la incertidumbre de un tercer examen. «Mi único síntoma fue un mareo muy grande, que nunca había sentido; pero no le di importancia, porque ya estaba negativa».

Solo Katia sabe cuánto pasó por su mente el 5 de diciembre a las 4:00 a.m., cuando le confirmaron que se encontraba enferma e ingresaría de nuevo en el Hospital Militar Comandante Manuel Fajardo Rivero, donde se comprobó que su fuente de infección fue la persona que atendió en Etecsa, no la niña del taxi.

Estuvo hospitalizada hasta el 13 de diciembre. Hablar sobre estos siete días le quiebra la voz y le nubla la mirada.

«Son momentos muy duros, porque estás sola… porque te acuerdas de tu familia… porque cada vez que oyes el pito de una ambulancia sabes que llegan más y más. Yo entré sola en aquella sala, y en el transcurso de la noche se llenaron 18 camas.

«Tenía miedo, sobre todo, de haber contagiado a mi mamá o a mi niña. Aquí en la casa, ellas haciéndose PCR, y yo allá esperando sus resultados. Todas las personas que estaban conmigo sufrían más por el contagio de sus familiares que por ellas mismas».

A la fatiga y el decaimiento propios del virus, se suman los efectos de los tratamientos agresivos: diez pastillas diarias, una inyección de HeberFERON en días alternos y heparina sódica cada 12 horas.

«Me llevé el teléfono para mantener comunicación directa con mi familia, aunque tenía días que no podía hablar. A veces esperaba hasta la madrugada, cuando me recuperaba de la fatiga, los mareos y los vómitos que provocan las inyecciones. Otras veces quería escucharlos, pero por no llorar y transmitirles lo mal que me sentía, evitaba hablarles.

«Ha sido una de las cosas más duras que me han tocado vivir, y a la misma vez me siento dichosa de haber vencido. Los médicos dan mucho ánimo para luchar contra el virus. No les ves la cara, porque ellos tienen que cuidarse; pero se preocupan por ti, te explican que tienes que comer, te transmiten confianza. Ellos también tienen familia y, sin embargo, están allí, arriesgando su vida para atender a cada paciente».


Katia añora el cariño de su hija y la cercanía que ambas disfrutaban antes de la pandemia, pero el instinto maternal de protección la mantiene a distancia. (Foto tomada de su perfil de Facebook)

Aunque el virus quedó en el pasado de Katia, aún lucha contra las secuelas: dolor de cabeza, cansancio, caída del pelo, falta de aire momentánea y un miedo tremendo a volverse a infectar. Consulta en internet los estudios de especialistas internacionales y pregunta a otros convalecientes para dominar con optimismo los rezagos de la enfermedad en su cuerpo.

Con disciplina férrea asume los nuevos modos de vida y ninguna medida de protección le parece exagerada. «Usamos siempre los nasobucos, no permitimos que las visitas entren en la casa, y cuando llegamos de la calle, dejamos los zapatos fuera y lavamos bien la ropa.

«Atiendo con el mismo amor a cada persona que llega a Etecsa, pero le transmito la necesidad de cuidarnos. En la oficina desinfectamos los teléfonos de los clientes antes de tocarlos y manipulamos el dinero con sumo cuidado, porque nunca sabemos a manos de quién fue a parar. Tenemos que protegerlos a ellos y a nosotros.

«Hoy las personas no saben el riesgo tan grande que corren, y a cualquiera le puede tocar. Aunque los cubanos somos muy sociables, debemos cambiar la mentalidad, porque todos tenemos un abuelito, un niño, alguien con padecimientos crónicos, y duele mucho contagiarlos. Les pido que se queden en casa, que tomen conciencia y tengan calma. Esto va a pasar, pero depende de todos».

Desde el 5 de diciembre, Katia puso los besos en pausa. Aprendió a querer desde la distancia y encontró nuevas maneras de dar amor a su familia. «Ya llegará el momento de abrazar a mi niña, de besar a mi mamá y a mis abuelitos. Por ahora, tengo que cuidarlos».


               Historia de vida de Katia: paciente recuperada de la Covid-19
               Video:Tomado de Telecubanacán




Tomado de Vanguardia 


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